Hace un par de días, fui al cine a ver Sherlock Holmes 2. Watson se iba a casar y no podía entender que Holmes no lo apoyara ni quisiera lo mismo para él. Holmes, por su parte, no lograba entender por qué Watson desearía algo diferente a lo que ya eran sus vidas. Discutieron acerca de las ventajas y desventajas del matrimonio. La conclusión que Holmes sacó a partir de los argumentos de Watson fue: “Entonces tú vas a formar una familia y yo voy a morir solo”, a lo que Watson asintió. Pasaron unos segundos y Holmes le dijo que le parecía preferible morir solo que vivir en un purgatorio eterno. Watson sólo pudo poner cara de exasperación ante este amigo que parecía no entender de qué se trataba la vida. Y fíjense ustedes que todo esto me recordó las conversaciones en las que descuidadamente me he visto envuelta a la hora de “compartir” con muchas de mis especiales y simpáticas congéneres.
Hablan de sus motivaciones con ojos tipo gato con botas de Shrek, esperando mi empatía y comprensión absoluta -porque soy mujer- y yo fluctúo entre mi cara de poker y mi mejor esbozo de sonrisa a lo Merlina Adams. Sea dicho motor su hij@ –que por ser mujer debería conmoverme-, la carrera –que por ser mujer debiera parecerme más meritoria-, la familia que piensa formar con su hombre – y por ser mujer yo debería desear lo mismo al estar enamorada-, la adquisición de la casa propia –porque soy mujer y debo querer un hogar- y… y sería todo. Yo miro para afuera y sí, sus vidas giran en torno a eso, y está bien, sobre todo cuando son felices y cuando esas cosas les dan fuerza para soportar los días malos. Pero a mí esas cosas no me entusiasman. Entonces… ¿Qué le queda a una mujer como yo? Jamás se me ha pasado por la cabeza que un hijo es indispensable en la vida, o que una carrera me va a hacer una persona más valiosa, o que mi meta sea formar una familia… es más, no me gustan las familias. Son caras, conflictivas, demandantes y agotadoras… igual que un hijo o una carrera o un crédito hipotecario. Pero recibo miradas incrédulas y hasta indignadas cuando explico, previa pregunta de ellas, lo que siento al respecto de las únicas posibilidades de vida que al parecer se conciben para mi género. Creen que estoy en negación, o que estoy traumada, o que soy demasiado inmadura para mi edad y “que cuando tenga un hijo propio voy a entender”(porque sí o sí voy a tener un hijo (!!!) y porque si una no está de acuerdo con ellas es porque no entiende). Con más paciencia de la que realmente tengo, les digo que está bien que ellas vivan así, pero que no es lo mío. Y si luego de eso no se emputecen conmigo, me miran con esa cara condescendiente del “ya llegará el tiempo”, como si todo mi discurso fuera un bluff para ocultar que siempre he querido lo que ellas y no he sido capaz de conseguirlo. ¡Ojalá fuera así, al menos sabría exactamente qué hacer y tendría el apoyo de tooooodo un mundo que funciona bajo esos términos! Pero no, resulta que no quiero nada de eso y lo que quiero suele ser pasajero o de plano, insostenible. Ojalá yo pudiera ser como Sherlock Holmes, absorto, enamorado de sus aventuras, viviendo en un mundo cuya realidad no aplasta con cotidianeidades cada pasión no tradicional que se atreve a asomar en mi cabeza. Ojalá me interesara algo hasta semejante punto, aunque fuera para hacer callar a estas gallinas ponedoras que me miran feo. Pero el problema soy yo, o el mundo es muy pobre para lo que necesito. Ya sé lo que van a decir.
U_U !!!
U_U !!!

