jueves, 19 de enero de 2012

Por mujer me pasa...

Hace un par de días, fui al cine a ver Sherlock Holmes 2. Watson se iba a casar y no podía entender que Holmes no lo apoyara ni quisiera lo mismo para él. Holmes, por su parte, no lograba entender por qué Watson desearía algo diferente a lo que ya eran sus vidas. Discutieron acerca de las ventajas y desventajas del matrimonio. La conclusión que Holmes sacó a partir de los argumentos de Watson fue: “Entonces tú vas a formar una familia y yo voy a morir solo”, a lo que Watson asintió. Pasaron unos segundos y Holmes le dijo que le parecía preferible morir solo que vivir en un purgatorio eterno. Watson sólo pudo poner cara de exasperación ante este amigo que parecía no entender de qué se trataba la vida. Y fíjense ustedes que todo esto me recordó las conversaciones en las que descuidadamente me he visto envuelta a la hora de “compartir” con muchas de mis especiales y simpáticas congéneres.
Hablan de sus motivaciones con ojos tipo gato con botas de Shrek, esperando mi empatía y comprensión absoluta -porque soy mujer- y yo fluctúo entre mi cara de poker y mi mejor esbozo de sonrisa a lo Merlina Adams. Sea dicho motor su hij@ –que por ser mujer debería conmoverme-, la carrera –que por ser mujer debiera parecerme más meritoria-, la familia que piensa formar con su hombre – y por ser mujer yo debería desear lo mismo al estar enamorada-, la adquisición de la casa propia –porque soy mujer y debo querer un hogar- y… y sería todo. Yo miro para afuera y sí, sus vidas giran en torno a eso, y está bien, sobre todo cuando son felices y cuando esas cosas les dan fuerza para soportar los días malos. Pero a mí esas cosas no me entusiasman. Entonces… ¿Qué le queda a una mujer como yo?  Jamás se me ha pasado por la cabeza  que un hijo es indispensable en la vida, o que una carrera me va a hacer una persona más valiosa, o que mi meta sea formar una familia… es más, no me gustan las familias. Son caras, conflictivas, demandantes y agotadoras… igual que un hijo o una carrera o un crédito hipotecario. Pero recibo miradas incrédulas y hasta indignadas cuando explico, previa pregunta de ellas, lo que siento al respecto de las únicas posibilidades de vida que al parecer se conciben para mi género. Creen que estoy en negación, o que estoy traumada, o que soy demasiado inmadura para mi edad y “que cuando tenga un hijo propio voy a entender”(porque sí o sí voy a tener un hijo (!!!) y porque si una no está de acuerdo con ellas es porque no entiende). Con más paciencia de la que realmente tengo, les digo que está bien que ellas vivan así, pero que no es lo mío. Y si luego de eso no se emputecen conmigo, me miran con esa cara condescendiente del “ya llegará el tiempo”, como si todo mi discurso fuera un bluff para ocultar que siempre he querido lo que ellas y no he sido capaz de conseguirlo. ¡Ojalá fuera así, al menos sabría exactamente qué hacer y tendría el apoyo de tooooodo un mundo que funciona bajo esos términos! Pero no, resulta que no quiero nada de eso y lo que quiero suele ser pasajero o de plano, insostenible. Ojalá yo pudiera ser como Sherlock Holmes, absorto, enamorado de sus aventuras, viviendo en un mundo cuya realidad no aplasta con cotidianeidades cada pasión no tradicional que se atreve a asomar en mi cabeza. Ojalá me interesara algo hasta semejante punto, aunque fuera para hacer callar a estas gallinas ponedoras que me miran feo. Pero el problema soy yo, o el mundo es muy pobre para lo que necesito. Ya sé lo que van a decir.
U_U !!!

lunes, 16 de enero de 2012

Del Metro y mis aún reprimidos instintos asesinos

Cuando me subo al metro me siento enferma. Mis fobias se magnifican hasta que yo misma me veo desde afuera y me pregunto que hago fuera del psiquiátrico. Entre olores sospechosos y roces totalmente innecesarios que solo yo parezco preocupada de evitar, mi aversión a la gente me deforma la cara en una mueca de asco que podría indignar a un defensor de los derechos humanos. Entonces, como NUNCA hay asientos y los pocos que uno puede encontrar son rápidamente exijidos de forma nada amable por una vieja de mierda o una bellaca preñada, busco ese espacio que queda entre la puerta y los asientos y me pongo de cara al muro para no respirar directamente de los tufos ajenos, y no quedar morbosamente pegada mirando una cara extraña o alguna pata monstruosa descaradamente expuesta desde una ínfima chala. El viaje se hace eterno, y a veces hasta me dan ganas de llorar. Los odio. Me dan ganas de decirles que no tengo por qué andar esquivando la vista de sus juanetes o tolerando el contacto caliente y casi viscoso de sus cuerpos rollizos cuando es cosa de mirar para el lado y ver que hay suficiente espacio para estar separados por al menos un par de centímetros. Que ni sus embarazos ni sus críos ruidosos me conmueven y que hago el esfuerzo, desconocido para ellos al parecer (so miserables bestias) de no estorbar, pero que aunque sea pequeña ocupo un espacio que ellos NO PUEDEN OCUPAR mientras yo esté ahí, y que si me vuelven a empujar o a apretujar innecesariamente les voy a reventar su mugrosa pata pelada de un pisotón con toda mi fuerza y todo el peso de mis enormes plataformas. Algo me dice que no soy la única que sufre de esta fobia furiosa, que parece injusta pero no es en lo absoluto injustificada, y que la manía de moda actual de ser "políticamente correcto" y de lapidar a cualquiera que reconozca que la gente en su mayoría es un asco, nos impide unirnos abiertamente contra las atrocidades que pasan por normales en estos vagones infernales.

sábado, 14 de enero de 2012

Lloriqueos varios y misoginia idiomática U_U

Antes, me movía el hacer de todo con mi vida. Ahora no sé qué hacer con ella, como si me estorbara igual que estorba el brazo en el que uno se apoya para dormir de lado. Y al igual que no me cortaría el brazo para dormir mejor, no me suicido. Pero qué quiero, si decir que quiero algo me suena a farsa, o peor, a algo que no puedo reconocer sin desestructurarme. Lo que dije el otro día en mi clásica angustia borracha y drogada de la mañana es lo único que me suena honesto sin llegar a delatar del todo mis inaceptables y esporádicas ganas de vivir como los otros... "I want to be taken away." ¿Cómo diría esto con tal precisión en castellano? No se puede. El inglés no tiene tantas palabras porque suena y tiene sabor a lo que se dice, no necesita la parafernalia española para lograr una exactitud en su expresión que con todo el diccionario de la real academia apenas se puede intentar. Describir algo en mi idioma natal es un constante riesgo de caer en la exageración y en la redundancia sin alcanzar jamás a dar en el clavo de lo que se necesita comunicar. El inglés me recuerda a los hombres y el español a las mujeres por esto.